UNA VIDA DE NOVELA, por Juan Gómez-Jurado
El autor desvela en este texto la historia real de un librero y aventurero gallego que dio pie a su nueva obra Un mar embravecido. Un grupo de hombres meciéndose en mitad de las olas. Un rescate a la desesperada. Una joya mítica de oro y diamantes entregada como agradecimiento. ¿Suena bien, verdad? Pues hay más, mucho más. Quédese conmigo, siga leyendo y verá cómo lo que voy a contarle es capaz de asombrarle y excitar su imaginación… a pesar de ser rigurosamente cierto. Usted no estaría leyendo estas líneas si alguien no me hubiese convencido a mi primero. Ocurrió hace dos años, en un día de octubre muy parecido a este. Visitaba yo la Casa del Libro en Vigo, donde había ido a presentar una novela. Cuando acabó el acto me quedé charlando con el director de la librería, Juan Carlos G. Febrero. Lo avanzado de la hora, las luces medio apagadas del local y el ambiente de los libros invitaban a las confidencias, y por eso Juan Carlos bajó la voz y me dijo:
– ¿Quieres que te cuente una historia digna de una novela?
Acepté por compromiso, y para mi sorpresa el relato me puso los pelos de punta. La charla se prolongó durante horas, y al regresar a casa no pude dormir. Lo que acababa de escuchar me intrigaba hasta límites insospechados. En aquel momento la investigación sobre Irak y sus circunstancias –el que iba a ser tema de mi próximo libro– perdió todo el interés. Sólo tenía ojos para las palabras que me había contado Juan Carlos acerca de su padre. Finalmente me di cuenta de que aquella historia me había conquistado por completo. Me rendí y la convertí en el punto de arranque de una novela de aventuras en la que la venganza y el amor completasen el círculo de la casualidad.
Una tormenta repentina
La historia que me contó Juan Carlos es la historia real de su padre, Manuel G. Pereira. Nacido en Celanova en 1923, se libró por poco de tomar las armas en la Guerra Civil, pero no le quedó otra que hacer el servicio militar en 1941. Le tocó la Armada, y nada menos que Cádiz como destino. Fue el primero de los muchos viajes que realizaría en su vida, y en el que recibió el toque del destino. Asignado como tripulante en una patrullera, Pereira encontró pronto en el mar a un amigo y un aliado.
Sin embargo las aguas del Estrecho de Gibraltar se mostraban poco amistosas en la noche de abril que sirve a la vez de prólogo a mi novela y de primer capítulo en la biografía de un hombre excepcional. La vuelcatontos, una marejada repentina y mortífera, comenzó a agitar la patrullera en la que viajaba Pereira. El capitán ordenó volver a puerto, pero Pereira dio la voz de alarma, abortando la maniobra. Entre el enorme bosque de olas, el joven gallego había entrevisto una silueta extraña. Un relámpago le permitió comprobar que sus ojos no le engañaban: una patera luchaba por mantenerse a flote. Sobre ella, cuatro hombres aullaban con desesperación, sus gritos apenas audibles en el fragor de la tormenta.
El capitán tuvo que tomar una decisión difícil. Acercarse a aquella parodia de embarcación era muy arriesgado, porque podían chocar y hundirse junto con los náufragos. Ignorar sus gritos de auxilio equivalía a una sentencia de muerte.
Garfios y escalas
Las órdenes comenzaron a resonar desde el puente, y los marineros se desplegaron asustados sobre la cubierta. El capitán viraba hacia los náufragos, la proa enfilando las olas. El viento cargado de espuma empapaba a los que se afanaban por enganchar con los garfios la patera, a los que esperaban con rostro tenso y un bichero en las manos para acercarla, a los que tenían ya preparada una escala para subir a los náufragos a bordo.
Los garfios volaron entre las crestas, pero los hombres no conseguían engancharlos. Con el motor de la patrullera a punto de estallar, el capitán estaba a punto de dar la orden de desistir cuando uno de los marineros acertó de pleno. La patrullera se acercó, pero aún quedaba lo más difícil. Los de los bicheros engancharon las endebles maderas de la patera al costado de la nave, cuyo casco crujía por el esfuerzo. La escala cayó rebotando sobre el costado, y desde la patera se alzó una mano para agarrarla.
Los ocupantes fueron subiendo uno a uno, luchando para que el viento y el oleaje no les arrancasen del endeble asidero. El último en subir flaqueó a medio camino, y el propio Pereira se jugó la vida inclinándose sobre la borda para ayudarle a alcanzar la embarcación, mientras el mar se embravecía más y más. Y finalmente, antes incluso de que el los cuatro hombres hubiesen puesto sus pies sobre la cubierta, el capitán de la patrullera mandó cortar los cabos de los garfios y capear el temporal.
Los marineros bajaron a los náufragos a la bodega, ateridos de frío y calados hasta los huesos. Los cuatro eran hombres altos y rubios, de tez muy clara y aspecto nórdico. No llevaban consigo más que la ropa que llevaban puesta, y se aferraban a los cuencos de sopa ardiente que los marineros les pusieron en la mano. Hablaban en un idioma que nadie a bordo de la patrullera conocía, pero que alguno identificó como alemán. Por señas y muy asustados, le pidieron al capitán que no les llevase a España, sino a algún puerto desde el que consiguiesen llegar a América.
El capitán se quitó la gorra y se rascó la cabeza mientras observaba a los náufragos. Por segunda vez aquella noche tuvo que elegir entre su instinto de conservación y los dictados de su conciencia. Jugándose la cárcel, tomó la decisión de no llevar a aquellos hombres ante la comandancia del puerto de Cádiz, como era su obligación. En lugar de ello les acercó hasta la costa de Marruecos cuando la tormenta remitió. Pereira, en un acto de gran generosidad, se sacó la gorra y vació en ella su cartera, iniciando un peto que siguieron todos los miembros de la tripulación. Sorprende el altruismo de aquellos marineros, pobres y valientes, a los que no les bastó con salvar a los náufragos sino que además les dieron las cuatro pesetas que pudieron reunir. Una buena acción que no quedaría sin recompensa… aunque no precipitemos los acontecimientos.
Un muro invisible
La primera vez que escuché el relato de Juan Carlos, llegados a este punto de la historia, mi mente trazó un muro invisible. A pesar de que la aventura de Pereira habría de continuar aún muchos años y tener episodios tan apasionantes como el que hemos referido, esta era la parte que quería utilizar. Adelantando en la ficción el increíble suceso que le sucedería a Pereira años más tarde, tan extraño que de haberlo relatado tal cual en una novela, nadie lo hubiese creído.
A mediados de los años cuarenta, cumplido ya el servicio militar y el reenganche posterior, el joven Pereira decide marcharse a hacer las Américas. Comenzó un periplo largo y hermoso, entrando por Asunción de Paraguay y recorriendo Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y finalmente Colombia. En ese viaje fue forjando su carácter y reuniendo un grupo de amigos españoles que compartían su sueño de conquistar lo mejor de la vida con su propio esfuerzo.
1951, La Paz, Bolivia. El grupo de españoles ha crecido lo suficiente como para afrontar una ambiciosa empresa común. Compran la concesión de una antigua mina de oro abandonada en el monte Illimani, a cien kilómetros de la capital. Un lugar de impresionante belleza natural, 2000 metros sobre el nivel del mar. Contratan a un grupo de nativos indígenas, y la vida durante los últimos meses de ese año es dura pero feliz. El trabajo físico a una altura tan elevada es muy complicado para los occidentales, pero aún así todos arriman el hombro convencidos de que la fortuna está al alcance de la mano. Pereira está seguro de que si logran alcanzar el lecho del río conseguirán encontrar nuevas vetas de oro.
El grupo va subsistiendo con dificultad. Van encontrando muchas pepitas de oro, pero los suministros en aquel lugar son muy caros. Los muleros que suben hasta las minas del monte –llamados rescatadores- cambian pertrechos por oro. Dinamita, azúcar y licores cambian de manos por un precio diez veces superior al que valdrían en la capital, a la que los mineros rara vez bajan.
Una de esas veces es a finales de marzo de 1952. El lecho del río está cada vez más cercano, y el grupo de españoles deciden celebrarlo en La Paz. Los rumores que escuchan en las calles son cada vez más inquietantes. Se masca una revolución, y la subida al poder de Paz Estensoro es inminente. Pereira y sus compañeros se miran entre sí preocupados, sintiendo que el sueño por el que han luchado tanto tiempo se desvanece. Si Estensoro toma las riendas del país ha prometido expulsar a sangre y fuego a las empresas extranjeras. Deciden volver al día siguiente a la mina y resistir lo que puedan, confiando en que lo peor no se produzca, o de arrancar a la tierra todas las pepitas que puedan antes del final.
El hombre de la capa
Esa misma noche acuden a una taberna, elegida al azar entre las decenas de garitos de la ciudad vieja. Piden unas cervezas, tal vez las últimas de las que disfrutarán en Bolivia. Pereira, sentado en la barra, siente una mano en el hombro y se da la vuelta.
Frente a él se encuentra un hombre alto y delgado, de pelo rubio y profundas arrugas en el rostro. Va vestido con un traje negro, y una capa del mismo color le ciñe los hombros. Aunque no es mayor, se apoya con dificultad en un bastón con empuñadura de marfil, tal vez a causa de alguna herida.
–¿Qué quiere?
–Tú no me recuerdas, pero yo a ti si –dice el extraño en un castellano vacilante–. Hace nueve años me salvaste la vida, a mí y a mis amigos, en el Estrecho de Gibraltar. Quiero darte las gracias, y al mismo tiempo pedirte otro favor. Necesito que me prestes cien dólares. Mañana por la mañana te los devolveré. Como prenda te dejaré esto.
Pereira, atónito, apenas acierta a tenderle al hombre los billetes y a tomar lo que le ofrece como prenda.
–Cuídalo bien –le dice el extraño–. Es mucho más valioso de lo que te puedas imaginar.
Cuando Pereira reacciona, el otro ya ha desaparecido. Mira lo que tiene en las manos, y un reflejo dorado le inunda los ojos incluso a la tenue luz de la taberna. Es un emblema de oro macizo, con un diamante incrustado. Se lo guarda en un bolsillo de la camisa, creyendo que no volverá a ver al alemán, y maldiciéndose por no haber hecho todas las preguntas que llevaba rumiando en su cabeza durante los últimos nueve años.
Huída a la desesperada
Los españoles vuelven a la mina, y los acontecimientos se precipitan. Dos semanas después estalla la revolución, y los rebeldes de la región se dirigen al Illimani para expulsar a los extranjeros. Pereira y sus compañeros reciben el aviso de que un ejército se dirige a la mina en mitad de la noche. Salen con lo puesto, tan sólo acarrean un cajón de cartuchos de dinamita, que van arrojando monte abajo para cubrir su retirada, mientras las balas silban a su alrededor. A duras penas logran alcanzar un campamento norteamericano, donde había un aeródromo y algo mucho más precioso aún: una avioneta. Mientras despegan, Pereira clava la vista en las cumbres nevadas y se acaricia pensativo el bolsillo de la camisa, donde aún sigue el emblema de oro…
A partir de aquí la historia de Pereira se vuelve más tranquila, pero no menos interesante. Funda en Colombia distribuidora de libros, su gran pasión. Con el tiempo el negocio va creciendo más y más, hasta que decide regresar a España, aunque no lo hará solo. En Bogotá conoce a una chica de Celanova, su pueblo natal. Una más de las casualidades imposibles que jalonaron la vida de Pereira, solo que esta tuvo el final más feliz imaginable: se casaron y se establecieron en Vigo.
En Galicia continuará como distribuidor de libros toda su vida. Los libreros gallegos le recuerdan con claridad: un hombre íntegro y de palabra, muy serio y formal, que vivía para su trabajo y su familia. Más de uno alzará una ceja con sorpresa cuando lea este reportaje, y se preguntará si aquel hombre que conoció pudo haber vivido tantas aventuras. Su hijo puede dar buena fe de ello.
Vuelvo a la Casa del Libro, dos años después. Juan Carlos Febrero sale a recibirme, y se le nota nervioso e ilusionado, como cada vez que habla de su padre. Me acompaña Mora, la fotógrafa de La Voz con la que nos sentamos en la cafetería del local, a una mesa de cuatro plazas. Le pido a Juan Carlos que le cuente la historia –una vez más– y durante todo el relato no dejo de mirar a la silla vacía frente a nosotros. Imagino en ella a Pereira, esgrimiendo su sonrisa franca y humilde, tal vez algo avergonzado ante el interés que suscita su historia. Escribí mi novela por él y para él. Y mientras su hijo concluye, siento a Pereira asentir despacio con la cabeza.
Una joya de un millón de euros
Pereira pasó toda su vida haciéndose muchas preguntas, preguntas sobre la joya que había recibido en tan extrañas circunstancias. Con el paso de los años fue averiguando poco a poco nuevos datos sobre ella. El águila bicéfala y el triángulo invertido con el número 32, asociado a la cruz teutónica, daban pistas de que aquello era un símbolo masónico. Un joyero independiente tasó el valor de los materiales en unos 4000 euros. Pero no fue hasta 2004, dos años antes de su muerte, cuando las piezas del puzzle encajaron en su sitio, y fue gracias a su hijo.
“Es falso” fue lo primero que escuchó Juan Carlos G. Febrero cuando le mostró ese año la joya a un conocido experto en masonería internacional. “Los masones alemanes no hubieran hecho una joya de oro, porque sus materiales eran el cobre y el bronce. A no ser…”.
Ese a no ser entra en el terreno de la leyenda. Las convicciones se difuminan, y debemos dejar paso a la intuición. Porque entre los masones existe una leyenda poco conocida, dentro de un hecho histórico probado. En los años que sucedieron a la ascensión de Hitler al poder en 1933, un joven Adolf Eichmann –el que luego sería arquitecto del Holocausto- recibió de Hitler el encargo de acabar con la masonería en Alemania. Más de 80.000 masones fueron asesinados en los campos de concentración a raíz de ese encargo.
Lo sorprendente es que Eichmann fuera capaz de reunir una información tan relevante y difícil de adquirir en los meses que duró su encargo. La masonería es una sociedad secreta, y sus miembros no hacen gala de su pertenencia a la hermandad. La leyenda dice que hubo un Gran Masón que traicionó a todas las logias, y que como premio a su traición Hitler le regaló un emblema de oro y diamantes, una parodia enjoyada de su emblema real.
¿Es la joya de Pereira el auténtico emblema del traidor? No lo sabemos, aunque las ofertas millonarias que ha recibido su hijo por la joya por parte de altos cargos de la masonería hacen pensar que al menos hay un interés en su origen y en su estudio. “Si fuera cierto e hicierais una subasta en Christies a puerta cerrada, la joya podría alcanzar un valor superior al millón de euros”, afirma un Gran Masón con el que me puse en contacto en 2006. Otro importante masón francés no es tan optimista con la cifra “los coleccionistas de la Orden han llegado a grandes extremos en su búsqueda de objetos históricos, pero dudo que nadie pagase más de seiscientos o setecientos mil euros por una joya de la que nadie puede estar seguro al cien por cien”.
Podemos especular, dejar volar la imaginación. Bajo mi criterio, el emblema podría ser auténtico, pero poco me importa. A la hora de narrar el reportaje, ha sido la figura de Pereira y su aventurera juventud la que ha centrado mi historia. Lo que me obsesionaba eran las misma preguntas que le obsesionaron a él durante toda su vida: ¿quiénes eran las personas a las que rescató? ¿De qué violentos secretos huían? ¿Qué tragedias ocultaba su pasado? Al igual que sobre la valía de la joya, ninguna de estas preguntas podrá ser respondida, o al menos parece altamente improbable. Lo que atestiguan, sin embargo, es tan valioso e importante como lo que sugieren: que todavía hay sitio en el mundo real para el misterio y la aventura.
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