 | | Hiromi Kawakami |
Tsukiko tiene 38 años y lleva una vida solitaria. Considera que no está dotada para el amor. Hasta que un día encuentra en una taberna a su viejo maestro de japonés. Entre ambos se establece un pacto tácito para compartir la soledad. Escogen la misma comida, buscan la compañía del otro y les cuesta separarse, aunque a veces intenten escapar el uno del otro: el maestro, en el recuerdo de la mujer que un día lo abandonó; Tsukiko, en un antiguo compañero de clase. Hiromi Kawakami (Tokio, 1958) estudió Ciencias Naturales y fue profesora de Biología hasta que en 1994 apareció su primera novela. Sus libros han recibido los más reputados premios literarios, que la han convertido en una de las escritoras japonesas más leídas. La novela que ahora se presenta, su primer libro traducido al español, recibió el Premio Tanizaki y fue llevada al cine con gran éxito. Le Figaro Litteraire ha publicado que "se lee como una guía para la felicidad". Hiromi Kawakami Hiromi Kawakami dijo lo siguiente en una entrevista, sobre el proceso de creación de sus obras: “En general, en mis novelas el tiempo no es lineal. No es para hacerlo más complicado, sino porque el argumento discurre paralelamente a la conciencia de los personajes. De ese modo, el tiempo avanza y retrocede de forma natural y hay información que permanece oculta. Pero en algunos momentos me ha costado mucho conseguir una coherencia temporal, porque el tiempo no se adapta a lo que quiero explicar”. La escritora japonesa se desmarca del tiempo lineal desde el principio. El cielo es azul, la tierra blanca es una novela en que el tiempo es relativo y transcurre en el interior de la protagonista. Las estaciones del año también se suceden por orden: a partir de otoño, que empieza con el capítulo Cogiendo setas, pasando por Año nuevo, Cerezos en flor, La estación lluviosa y El viaje a la isla de principios de verano, hasta llegar de nuevo al otoño, con Los grillos y En el parque. Pero en los capítulos Cogiendo setas, Año nuevo y En la isla el tiempo retrocede, se mezcla y se superpone con otros momentos temporales. Además, la historia no se desarrolla en una fecha concreta. El amor entre Tsukiko y el maestro puede haber surgido en cualquier época, por eso no importa el momento. Podríamos decir que es un tiempo único y singular. Pero la linealidad del tiempo no es lo único que Hiromi Kawakami consigue superar. En el mundo de sus obras, la autora derriba todas las barreras creadas por el humanismo moderno europeo sobre la centralización del hombre (ni qué decir tiene que, en ese contexto, por "hombre" se entiende varón adulto, blanco y sano). Kawakami destruye todas las barreras que separan seres vivos y seres inorgánicos, humanos y animales, hombres y mujeres, adultos y niños, sanos y débiles, inteligencia y sensibilidad, naturaleza y sociedad humana, incluso vivos y muertos. Todo lo que estaba separado puede ir y venir con toda libertad. Esto podría resultar bastante caótico, pero Kawakami consigue hacerlo con una sencillez magistral. El cielo es azul, la tierra blanca Una belleza melancólica impregna todas y cada una de las páginas de El cielo es azul, la tierra blanca. A medida que los protagonistas se van conociendo más, Kawakami permite que se perciba claramente el cambio de estaciones y el transcurrir del tiempo a través de pequeñas cosas como el florecer de los cerezos y la comida. Los suburbios de Tokio exigen a sus habitantes todo lo que conlleva la rutina diaria de la metrópolis: estrechez, ajetreo, la soledad de las grandes ciudades y los desplazamientos en un tren sobrecargado. Tsukiko Omachi vive sola en uno de esos suburbios. Es una mujer de 37 años convencida de que el amor y ella no están “hechos el uno para el otro”. ¿Es una amargada? No. Más bien es una persona acomodada que se ha adaptado a su pequeña vida. En los suburbios de Tokio apenas hay lugar para grandes gestos y sentimientos. Muchas personas como Tsukiko viven en Tokio, la capital mundial de los solitarios. Sobre todo las mujeres. Tienen trabajo y amigos, y se mueven en un círculo social propio. Pero huyen de las relaciones porque, si tuvieran una relación seria, la sociedad las obligaría a renunciar a todo lo que hayan conseguido antes. Ganan dinero y consumen, pero no suelen estar satisfechas con su vida. La historia de un amor imposible
El cielo es azul, la tierra blanca, por la que le concedieron el Premio Tanizaki, en japonés se titula El maletín del maestro. En el maletín hay el secreto de un amor imposible. Tsukiko no tiene ningún motivo para volver directamente a su casa desde la estación. Prefiere pasar antes por la taberna de Satoru. En estos locales sirven aperitivos y alcohol a la gente que sólo quiere tomar un tentempié o una copa para llenar el estómago. De fondo se oye música de jazz. A veces, el televisor ofrece la retransmisión de un partido de béisbol sin volumen. Sus clientes más habituales son hombres solos. Las mujeres no frecuentan solas lugares como esos. Pero Tsukiko sí. Suele ir a la taberna de Satoru. Allí se encuentra con su antiguo profesor de japonés, un enérgico jubilado. Él también está solo. Su mujer lo abandonó hace muchos años. Tsukiko y el maestro se van encontrando, a veces en la taberna de Satoru, otras veces en la calle. En la taberna ya no se sientan separados, pero tampoco como pareja. Cada uno sigue actuando por su cuenta. Entre ellos surge una especie de relación que no acaba de encajar con el significado occidental de “amistad”, puesto que hablan poco, casi siempre de comida, y Tsukiko llama respetuosamente “maestro” al anciano profesor; pero hay una proximidad, un vínculo que se mantiene precisamente porque hablan sin ningún compromiso entre ellos. A veces hablan y a veces no, pero siempre comen lo mismo. Hiromi Kawakami ha escrito una historia de amor en la que los sentimientos no son nombrados; una relación entre dos personas que habían renunciado al amor y que son capaces de darle el tiempo y el espacio que necesita en una ciudad donde nadie tiene suficiente tiempo ni espacio. Es un amor sin urgencias, sin prisas. Kawakami describe los momentos temporales y los escenarios donde ese amor va creciendo poco a poco, especialmente la taberna de Satoru, un lugar donde los hombres piden sashimi de atún, tofu caliente y una cerveza y bromean con el tabernero. Nadie busca el amor en un lugar como ése. Tampoco Tsukiko, ni el maestro. Sólo buscan un lugar caliente donde cobijarse mientras la llovizna sigue empapando las calles.
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